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Salud dimensionada

Foto: José Luis Nebot
Se insiste en que aproximarse al concepto de salud suele resultar espinoso. Acaso porque la salud no requiera de un concepto estático y ordenador, como gusta promover la burocracia sanitaria. O por que se insiste en apostar por panaceas de salud perenne, ante la vigencia inoportuna y demoledora de la enfermedad. Tal vez porque la salud (y su proceso) convalide un concepto que la valore como “un siendo” de ese orden en oposición al desorden, en un alarido de resistencia al entropismo irremediable, y por tanto un objetivo ambicioso y complejo; nada trivial, en el que estamos inmersos querámoslo o no, pues allí está el trasiego del pedazo de vida misma que suponemos merecida los mortales.

Probablemente sea, porque la salud, si bien conceptualizable, desde lo subjetivo y lo objetivo, sea poco más que un reflejo de diversos segmentos de culturas, donde se cotejan –no pocas veces de manera equívoca- problemáticas humanas individuales y colectivas, con respuestas basadas en pretendidos adelantos científicos y tecnológicos, sedientos de unidisciplinariedad y respuestas contundentes y definitivas de elusión a Hades, para terminar viendo sólo la otra cara de la salud que es la enfermedad ineludible. Acaso, y finalmente, salud sea dilema, que lo fue en el pasado y ahora en presente, en un marco incesante de cambios de patrones epidemiológicos y sociales, donde sería necesario utilizar y mezclar (en el sentido de quien hace un coctel) los atisbos que pululan sobre salud, disímiles y cercanos, inclusive. Quizá sea eso.

Desde el uso generalizado del concepto de la OMS, en clave totalizadora (aunque se aclaró luego que solo pretendía estimular la discusión), y desde la emergencia de voces animadoras del debate, la tendencia por abandonar una definición estática (como la de la OMS, predominante hasta ahora) no se tenía tan a mano, por lo menos en los setenta y cinco años que el concepto OMS ha tenido vigencia. En el debate que se mantiene no se visualiza una casa conceptual con todas las comodidades, ergo, todo definido como una disección quirúrgica, sino que apenas se aspira a una ventana conceptual sobre la salud, más dinámica de brisa, que tome en cuenta aspectos como, por ejemplo, la resiliencia del organismo en una sinergia biopsicosocial real y variable; que estimule la capacidad de enfrentamiento, mantenimiento y restablecimiento de la integridad, equilibrio y sentido de la salud como propósito unívoco de bienestar de la persona y la sociedad. Que haga de los campos y gradientes disciplinares verdadera interacción en la certeza de saber que todos han de ser necesarios para un desafío diario de preservación de la vida, que es, por otra parte, uno de los rasgos distintivos de la salud.

En este sentido la tarea pendiente, de primer tercio de s. XXI no es apta para pusilánimes, y pareciera consistir en reemplazar una definición estática predominante (la vetusta definición de la OMS), por una ventana conceptual abierta que permita definiciones operativas para la vida práctica y que posibilite ejercicios mesurables de la salud, al tiempo que se puedan cualificar las expectativas que se yerguen sobre la salud individual y colectiva. En otras palabras, avanzar hacia un concepto de salud como adaptación y autogestión de los cambios que surgen en la vida misma; como experiencia y significado, tan importantes como datos y números, de algo esencialmente humano como, precisa y justamente, la salud del ser humano; como luz y contraluz  en desechar el mundo irreal de idolización de la salud, cuando no mercado, y aceptar el padecimiento y la muerte, porque no es posible eludirlos, pese a las pamplinas de las pseudociencias. Y el reemplazo se viene haciendo, a desiguales velocidades, desde los cimientes elementales que proponen las dimensiones reconocidas en que se divide la salud: física, psíquica y social.
 

Poseer salud como quimera y aun así la quiero mientras dure. Para poder caminar sin dolor. Comer bien, con sólidos dientes y sin excesos de la vid. Ducharse con agua fresca o templada. Descansar razonablemente tras la jornada. Sexo, aunque sea poco pero valioso. Moradía pulcra con agua potable y cloacas. Luz tras las sombras. Salud es sosiego ante la certeza de la muerte. Sam Mac Bride, Paciente sin estadísticas, 1961.


La luminosa reflexión de Mc Bride nos permite ilustrar el deseo por la dimensión física. El organismo sano tiene la capacidad de dañarse o poner de relieve una carga alostática, interna o externa al propio organismo. Cabe decir que el organismo mantiene la homeostasis fisiológica a través de circunstancias cambiantes, de peligros siempre acechantes. El organismo sano puede defenderse del stress fisiológico, generando una respuesta protectora para atenuar, e incluso eliminar, la posibilidad de daño, y al mismo tiempo, en dicha capacidad homeostática, restablecer el equilibrio tisular afectado. Este equilibrio alcanzado es la adaptación, como estrategia de enfrentamiento fisiológico, que de tener éxito garantiza salud; de lo contrario, si el daño (o carga alostática) continua, aparecerá, finalmente, su reverso: la enfermedad.

En la dimensión mental el factor medular que contribuye a la salud es el sentido de la coherencia. Este sentido comprende las facultades subjetivas que intensifican la comprensibilidad, manejabilidad y significatividad de una situación considerada difícil. El fortalecimiento de la capacidad de adaptación y autogestión a menudo mejora la sensación subjetiva de bienestar y puede producir una interacción positiva entre mente y cuerpo. Antonovsky define la salud mental como: “la coherencia de las capacidades de enfrentamiento y recuperación ante el stress psicológico y de prevención para los stress post-traumáticos”. El sentido de la coherencia, como sendero inacabado de conceptualización en la salud mental, ha contribuido eficazmente a la re-inserción social del paciente mental problematizado (segregado y martirizado), amén de hipermedicalizado.

La dimensión social de la salud se puede considerar como un equilibrio dinámico entre las oportunidades y las limitaciones, afectado por condiciones externas, como los desafíos sociales y ambientales. Al adaptarse a una enfermedad, las personas pueden trabajar y participar en actividades sociales y sentirse sanas a pesar de sus limitaciones. Incluso se pueden identificar varias dimensiones de la salud en la esfera social, como la capacidad de las personas de cumplir con sus obligaciones, de gestionar su vida con cierto grado de independencia a pesar de padecer alguna enfermedad y de participar en actividades sociales, incluido el trabajo: pacientes con enfermedades crónicas, muy controlados, que aprendieron a manejar mejor su vida y a enfrentar su enfermedad, comunicaron mejor percepción subjetiva de su salud, menos malestar, menos cansancio, más energía y menor percepción de sus incapacidades y limitaciones en las actividades sociales después de su adiestramiento. Asimismo, los costos de su atención sanitaria disminuyeron. Por ejemplo, las personas en diversidad funcional, o ancianas, pueden desarrollar estrategias de enfrentamiento exitosas (en relación a su edad) y la alteración del funcionamiento no cambiará la percepción subjetiva de su calidad de vida.

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