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Método para la clínica

Afrontar la enfermedad en su epicrisis intrahospitalaria es una faena titánica. Intentar curar al enfermo una vez identificada la afección, es otro tanto. En ambos casos lo ha sido siempre, desde toda época y recursos. No siempre se piensa en la dificultad que implica afrontar para erradicar o paliar la enfermedad. Algún atavismo recurrente, o la inveterada instancia de fe, suele acompañar la creencia de que todo trastorno o afección puede ser recuperado, vuelto a la normalidad, al menos parcialmente; que incluso todo puede ser salvado del cese. Se repite en el imaginario popular, aun hoy con mayor insistencia, cierta sobrestimación a las posibilidades que tiene la medicina en la clínica para derrotar la enfermedad. 

Cuesta asimilar que cada persona es igual a otra en muchos aspectos; pero al mismo tiempo es diferentes en muchos otros; que influye esencialmente su genética y condiciones biopsicosociales, para que una misma enfermedad tenga un curso y hasta desenlace distinto en una y otra persona, siendo en cada enfermo diferentes, la manifestación clínica y el trayecto patogénico. No hay, definitivamente solo enfermedades, existen enfermos y cada expresión se hace divergente, inédita y, por tanto, de recurrente aprendizaje y no sólo exhibición de certezas. Aquel aserto popular de que en medicina dos más dos no son cuatro, no solo se ratifica caso tras caso, sino que aparece a menudo en el escenario de la clínica del hospital y hay que pagar –casi siempre- su factura de realidad.

Se admite entonces lo complejo de la clínica en el hospital, y es menester en consecuencia, una metódica (en tanto orden, para fallar lo menos posible) para el ejercicio de la clínica. La ciencia y su método ha recurrido en auxilio de la medicina; la técnica, además, hace lo suyo y el hospital es uno de los lugares predilectos para dicha convergencia en llegar a conocer más y mejor las variables que conforman esa afección especial en el enfermo. El denominado método clínico, el que Osler calificaba como “camino de incertidumbre, pero arte de la probabilidad”, es el método científico aplicado al trabajo con los pacientes. 

Incluye tres fases, todas relevantes: una primera que procura la indagación o búsqueda frente al paciente de lo que siendo probablemente observado también sea revelado (el interrogatorio exhaustivo al paciente); una segunda fase que procura enfocarse en la evaluación de lo objetivable de la afección (signos percibidos, y síntomas manifestados); y el establecimiento de una conjetura o hipótesis (el diagnóstico y sus niveles), corroborable con soportes que lo hagan verificable, rebatible, científico.

El método clínico ha sido pensado para dotar al ejercicio de la clínica de un conjunto de juicios o criterios que avalen evidencias más allá de lo empírico. Un cierto orden para tan formidable adversario, como lo es la enfermedad, que se manifiesta en el ser humano enfermo. Un método que precisa de individualizar; de transitar dicha individualidad de lo general (la enfermedad) a lo particular (el enfermo) para encarar las manifestaciones clínicas que se presentan de manera especial en cada enfermo.

Diversas formas de encaminar el método clínico existen. Unos enfocan su quehacer en la predominancia de la enfermedad versus el enfermo, para obtener un fín última que si bien es su mejoría y rescate de la salud extraviada, afinca su proceder en la condición relevante de lo fisiopatológico y sus antídotos terapéuticos: el fármaco, la resolución quirúrgica, el procedimiento. Lo que pueda subsanar una situación que es -o puede configurarse- como límite y coloque la vida del paciente en riesgo directo o en pronóstico grave, frente a la enfermedad. Esta metódica enfocada en la enfermedad como realidad acuciante es, con frecuencia, resultado de la precariedad de recursos para la clínica en el hospital y, sin dejar de ser prudente y aconsejable como criterio clínico de actuación, puede convertirse también en una metódica simbiótica, en tanto compatibles con algunas premisas que caracterizan al método clínico enfocado en el enfermo, que si bien no es el más utilizado, al final suele amoblar los estragos que deja la ansiedad y el miedo ante la osadía de la enfermedad.

La necesidad de explorar la afección en la más amplia dimensión humana de la experiencia, que colegirá los niveles de adaptación y asimilación de la enfermedad por parte del enfermo se corresponde con la amplitud necesaria de comprensión biopsicosocial (ese paradigma de atención sanitaria que engloba lo biológico-patológico, los socio-psicológico y lo biográfico familiar). Comprensión de que curar –y salvar vidas- permita alcanzar atmósferas comunes –por compartidas- entre profesionales sanitarios y pacientes, fortaleciendo los espacios de la relación clínica que se establece. Igualmente, la metódica centrada en el enfermo permite orientar en acuerdos comunes, las prioridades, necesidades y recursos necesarios para realizar los cuidados que implicar el propósito clínico de curar.

Así como el ingreso, la hospitalización y el egreso constituyen una suerte de trípode de procesos orientados a garantizar la dinámica clínica que propende a cuidar y curar al paciente dentro del hospital, existe otro trípode que, transitando sobre la metódica, someramente mirada, otorga algún derrotero al objetivo de la clínica. Constituyen también tres procesos determinantes que exigen esencialmente del médico a cargo la observación (la mirada que escruta y se adelanta), la responsabilidad (la carga de eticidad que debería estar implícita en toda profesión sanitaria), la experticia (el conocimiento puesto en juego), sensibilidad (el prójimo como a ti mismo, es la vida tuya en la del otro): el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento. Sin estos procesos aludidos, desarrollándose en su interior, el hospital no corrobora su pertinencia para con la sociedad, en sus afanes de institución donde se cuida y se cura.
 

La clínica en el hospital. Resumen de praxis de la kliniké contemporánea

Dinámica: ingreso, hospitalización, egreso.
Instancias concurrentes: medicina, enfermería, psicología, sociología, administración, imagenología, laboratorio / bioanalítica, farmacia, fisioterapia, banco de sangre, asistentes diversos.
Método: diagnóstico, pronóstico, tratamiento. 
Soportes prevalentes: observación, responsabilidad, experticia, sensibilidad. Paradigma: Medicina basada en la evidencia (MBE). 
Relaciones: médico-paciente; enfermera-paciente; equipo de salud-pacientes.
Rasgos distintivos: empatía, motivación, voluntad, respeto. Principios bioéticos.

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