apuntarios

Apuntario de panaceas

La salud y la enfermedad – a grosso modo, como correspondería a toda exageración, a todo anhelado sincretismo- se asimilan como realidades históricas, que se apertrechan en “saltos” (emerge la enfermedad) y son “cazadas” en “balances” (la salud restablecida, si esto es posible). La peripecia suele cubrirse en siglos, con la medicina, desplazándose tras esas dos realidades, escribiendo su particular “apuntario” desde lo biopsicosocial en logros o retardos de su trípode resolutivo (o no) en diagnóstico, tratamiento y pronóstico. La llamada investigación y producción de tecnología para la medicina realiza sus “saldos” en torno a la eficacia y sentido de la oportunidad, cada vez más insoslayable. Tal vez, y desafortunadamente, ya no resisten solitarios genios ilusos ni luminosos tontos. Los profesionales sanitarios, en tanto, transitan los pasillos del hospital entre la paciencia y la fe, pues al final todo acaba en tiempo y mercado. El paciente, aún a medio camino entre usuario y cliente, disimula e implora porque la noxa sea curable, rápidamente y con el menor dolor posible o, en todo caso, que la pasión no sea tan triste. Se teme a la muerte, salvo los imbéciles que no la deploran. En tanto, se sigue “tejiendo” la “panacea” del complejo mundo sanitario que nos atañe. En la pretensión de seguir milésimas (se insiste, tan solo milésimas) de dicho “tejido” estos atisbos como apuntario: especie de anotaciones leídas al vuelo por la preocupación tan antigua de la salud y la enfermedad, cabe decir, el sustrato de oficio, todavía inequívoco, para la medicina. 

Por el siglo XII

“Llamarla como querades, pero la enfermedad cuando emerge crítica y no es leve, es siempre dolenciaje, cruento sufrimiento. Ese golpe a día tras día que habla, pues la naturaleza se ha alterado y que revelada te humilla y tulle y mata sin transigir alivio. Ese es el dolor que atenuará solo con el último suspiro y quién sabe si no. Poco podemos hacer si el arte y la naturaleza no alivia y por el contrario exacerba, al monstruo viviente de la enfermedad que clama de muerte”. Rogelio Salges Mora

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“Dios otorga el dolor y el alivio si tu paz está con él. Sanará tus heridas y dolencias pues está en él, y solo en él, preservar tu vida entre semejantes. La muerte si no es posible la vida reconfortará con vida eterna en su regazo. Es todopoderoso Dios”. Santo Tomas de Aquino

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“La maldad reside en todo lo que sufres. Es preciso atenuar, enfrentar y expulsar al mal de tu cuerpo para que puedas vivir”. Anónimo

Por el siglo XIII

En el s. XIII, el curso de vida y muerte de la humanidad siguió su trayecto. Ha debido ser que durante aquellos cien años nadie constituyó una matriz dominante de la mala suerte del número, pues hubo lo de costumbre: salud era sinónimo de vida y enfermedad era casi muerte. Transcurría ese período recordado como medioevo europeo (que se abroga como único), y la salud de las personas se consideraba todavía un don divino absoluto con la enfermedad siempre en su envés asumida como castigo celestial, facturación inequívoca de algún exceso o desviación del correcto proceder. La noxa en aquel siglo, no obstante, podía salir de cualquier sitio, desde cualquier lado, y ya existían algunos resquicios para pensar su abordaje (diagnóstico y tratamiento) desde algunos púlpitos distintos. Arnaldo de Vilanova, quizá el medico más importante del medioevo, nacido en Zaragoza, cerca de 1240, y quien además de médico ejerciera de filósofo y teólogo como se estilaba en dicho lapso, nos lega estos aforismos (la principal forma de consejo médico en el medioevo) para el tratamiento de los trastornos de la memoria, enojosa enfermedad, tanto como inexplicable, aún en nuestros días.
 
  • En primer lugar, todo exceso de frío exterior destruye la memoria, y principalmente el frío nocturno por mala cobertura de la cabeza.
  • El calor intenso o muy grande destruye y mata la memoria.
  • El exceso o superfluidad de comida o bebida perjudica mucho a la memoria.
  • El uso o ingestión de cosas muy cálidas, como ajos, o cebollas, o porros, o queso, o legumbres, mucho daña a la virtud memorial.
  • El uso de frutos fríos y húmedos, como melocotones, cerezas y otras cosas crudas, matan la memoria.
  • Las médulas o cerebros de carnero comidos a menudo, por su propiedad, dañan la memoria y la corrompen.
  • Beber mucho vino o agua muy fríos disminuyen el calor natural del cuerpo y, en consecuencia, dañan y debilitan la memoria.
  • Beber después de comer, mientras se hace la digestión, cesa la cocción o cocimiento, por lo que se perjudica la cabeza y la memoria.
  • La ociosidad o reposo adormecen el calor natural, reteniendo y ajustando las superfluidades y, por eso, daña la memoria.
  • Demasiado dormir y demasiado velar dañan la cabeza y la memoria.
  • Dormir inmediatamente después de comer, antes de que la vianda haya alcanzado el fondo del vientre, corrompe y castiga mucho la memoria.
  • Dormir con los pies calzados, principalmente con zapatos, envejece la memoria.


Por el siglo XX

Difícilmente un siglo que lo antecediera hubiera contado tantos hitos en aproximarnos a las preguntas sobre salud y enfermedad como el veinte. El bosque se amplió tanto en respuestas que proliferaron aún más las preguntas. En el siglo XX en la medicina preguntas tipo (relacionantes) quedan aún en el siglo XXI a medio camino ¿Seguimos persiguiendo variables a corregir o personas a quien ayudar a sanar? ¿Buscamos la significación estadística o la relevancia clínica en la sostenibilidad de los sistemas de atención en salud?  ¿El cansancio que suele derivarse de la cotidianidad de la atención sanitaria casi siempre urgente y atiborrada de tareas ineludibles, es acaso un formidable obstáculo para salvaguardar dicha atención en respeto por la dignidad humana? La humanidad misma ha alcanzado un nivel sanitario de sobrediagnóstico o sobretratamiento. ¿Cómo cuidarnos de la sobrestimación de la medicina, implícita en el salutismo y su omnipresente industria? ¿Cómo atestiguarnos a salvo de la perorata de “consejos de salud” visibles en las redes sociales? ¿Existe (aún) la caspa? En el veinte, la medicina apostó -y trasegó ese camino- por estimar, para cada problema salud-enfermedad, un problema, una problemática, cuyo conjunto de respuestas se develaron no simples, no puras, no equivocadas.
 

Por el siglo XXI

Lo más destellante ocurrió hace unos días. En marzo de 2022 se ha finalizado la secuenciación del genoma humano. Faltaba un 8% de “lectura”, dicen las fuentes. Acaso un hito que cambiará la concepción de los abordajes de la salud y la enfermedad, incluso el arte médico y la biotecnología a su servicio. Nada puede ser igual desde que escudriñas en los genes hasta reconocer sus muy probables desplazamientos a lo largo de la vida.  Algunos sostienen que con la lectura del genoma humano que casi alcanzamos el final del laberinto, que completamos el puzzle. El fin de la medicina tal como la hemos conocido. No lo creo a pie juntillas, pero admitamos el salto de dimensiones cuánticas en aproximarnos al acertijo genético humano y develarlo sin lugar a dudas.

El genoma humano es la secuenciación del ADN contenido en los 23 pares de cromosomas que forman parten de nuestras células, en otras palabras, es lo que contribuye decisivamente que un ser humano sea diferente del resto de los seres humanos. Razón que convence en aquel proverbio “ningún paciente se parece a otro” que reiteramos en el pregrado médico. Para comprender la complejidad del genoma baste señalar que cada persona tiene entre 20.000 y 25.000 genes y al parecer todos con potencial de duplicarse no solo en fenotipos sino en su potencial oncogénico. La esperanza que deriva de la consecución de este proyecto de lectura completa del genoma supone un enorme avance en la búsqueda de salud y atenuar la enfermedad, al permitir que en un futuro no muy lejano cada paciente pueda recibir un tratamiento totalmente a su medida, por tanto, más preciso y menos agresor, alegan sus propulsores.

La terapia génica, en síntesis, de interés de la industria salutífera, consiste en ar una copia normal de un gen en el lugar exacto del genoma en el que existe un gen defectivo o ausente y, de esta forma, restaurar la función normal del organismo y eliminar los síntomas de la enfermedad. Se prevé que la terapia génica esté disponible dentro de unos años y sea la solución de casi cualquier enfermedad. La terapia génica puede ser útil en la lucha contra las enfermedades, especialmente las de origen oncogénico (el cáncer y algunas de sus manifestaciones) y recorre el trayecto de toda terapia desde que la Ciencia domina todo microscopio: probar y comprobar su efectividad, que implique menos daño que beneficio. 

Como Galeno clamaba hace ya tanto tiempo, este aludido trayecto es el quid invariable de todo bioavance; la enorme complejidad que implica conseguir ajustes para un sistema casi perfecto (el cuerpo humano Ciencia y von Bertalanffy, mediante) que, no obstante, se altera y cuya reparación requiere tiempo y sostenidos períodos de prueba para gritar que dicha reparación, aún con algún riesgo, es opción validada en la cultura que ha construido para su bienestar el ser humano. El mismo quid que testimonia, en refutación recurrente de que lo perfecto es imperfecto, y que aquello deja de existir.

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